Envía tu Espíritu, Señor

Algunos de entre aquellos que habían seguido a Jesús fueron dando el paso de la fe en su victoria sobre la muerte. Se fueron derrumbando los últimos reductos de la duda, y una alegre certeza de que Él está vivo fue invadiendo hasta el fondo de cada corazón. Y los fue levantando.

Y los fue poniendo en camino para la misión: "recibid el Espíritu Santo". Era el Espíritu de Jesús. Una manera nueva de estar entre los suyos. No ya desde fuera, hablándoles, animándolos, orientándolos; sino desde dentro: llenando su vida y actuando, a través de ellos, en el mundo.

 Una bonita manera de multiplicar su presencia entre nosotros. "Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra". Estaba naciendo la Iglesia. Y todo empezó a cambiar. El miedo -puertas cerradas- se apagó con el soplo de aquel "viento recio" que llenó la casa donde se encontraban. Aquellas "lenguas como llamaradas" fueron encendiendo sus corazones adormilados. La paz del Señor fue cambiando la tristeza en alegría, la desunión simbolizada en la torre de Babel, dio paso a la unión:"quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua". Y el barco de la Iglesia, con las velas hinchadas, se estaba haciendo a la mar: "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo". Lo nuestro es mantener izadas las velas y el barco a punto. Lo demás -el timón que marca el rumbo y el viento que da el impulso- ya son cosas de Él, del Espíritu Santo, del Señor.

¡Feliz Pentecostés! 

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