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En primera línea

Rompiendo fronteras


26 Enero 2022
Rompiendo fronteras

Dejando de lado todo aquello que puedan replicar los fanatismos ideológicos de turno y los linderos del desequilibrio racional, que haberlos haylos, me resulta esperanzador pensar que, gracias a Dios, existen iniciativas y banderas que no son discutidas.

«En este tiempo hostil, propicio al odio», que diría el poeta Ángel González, es fácil encontrarse con mil y una situaciones de quebranto que refrendan la cultura del usar y tirar: la cruda filosofía, en definitiva, de la falta de compromiso con lo propio y con lo ajeno, que rompe con todo aquello que no le rente a uno mismo y que, frente a la luz que ilumina y guía, prefiere la artificialidad del neón que apagamos y encendemos a nuestro antojo.

Hoy por hoy, se rompen las familias, los contratos de trabajo y los juramentos. Rompemos los corazones, las cabezas, los recuerdos y la vida misma: y a cuenta de romper y romper tanto presente, rompemos hasta el futuro.

Es por ello que, en medio de tales miras, la acción de celebrar los veinticinco años de un festival misionero despunta en la sociedad como una realidad que sorprende, cuestiona, confronta y se hace luz en mitad de las sombras. Y ello no sólo por la cuenta de los años que lleva en su ajuar, sino por reivindicarse desde sus inicios como un proyecto que, puestos a romper por romper, lo que decide romper son las fronteras.

El festival Rompefronteras nacía hace veinticinco años como fruto de las experiencias misioneras que los miembros del Grupo de San Francisco comenzaron a desarrollar en Marruecos y en la Amazonía del Perú. Unas experiencias que, precisamente por ser de calado profundo y transformar interiormente a todos aquellos que las vivían, generaron la necesidad de trascender más allá de los espacios de la mera vivencia y, así, dar sentido concreto a un compromiso estable de presencia, sostén económico y colaboración con realidades de necesidad, que, entre otras muchas formas, también adoptó la de festival misionero anual.

A lo largo de estos veinticinco años, el festival Rompefronteras ha sido acogido bajo las alas del salón de actos del Colegio Mayor Universitario Cardenal Cisneros, modulando su formato al amparo de la música, el monólogo, la danza o el teatro, a fin de aportar amparo a las misiones franciscanas y a realidades tan diversas como, por ejemplo, los huérfanos de Rabat, el centro de formación de las Hijas de la Caridad en Temara, la casa de madres solteras que acompañan las Misioneras de la Caridad en Casablanca o los discapacitados de la Casa de Nazaret de Tánger, que dirigen los hermanos franciscanos de la Cruz Blanca.

Desde los inicios, fray Severino Calderón, de la Orden de Frailes Menores de san Francisco, tuvo la clarividencia de acompañar y sostener este proyecto cuyos horizontes definió con acierto: «Implicación local, acción global». Un apoyo que, por extensión, se expandió como un reguero de pólvora y, más allá del festival, también se tradujo, por parte de todas las casas franciscanas implicadas, en la plena acogida de todos los grupos, a veces familias, que participaban in situ en el ministerio de la misión. Entre otros muchos nombres imposibles de recopilar, resuenan las puertas abiertas de fray Antonio Alcalde, fray Florencio, sor María, sor Pilar o fray Antonio Soriano. También fray Víctor de la Peña y fray Juan Oliver, obispos del Vicariato Apostólico de Requena, y fray Santiago Agrelo, arzobispo de Tánger.

Romper la frontera implica tender puentes que humanicen y aporten dignidad concreta a los dramas que genera cualquier clase de pobreza. Este año, las fronteras se romperán mediante la representación de la obra No hay pareja perfecta, de la compañía Casi siempre y, puestos ya a quebrar fronteras, el evento se expande universalmente a través de su emisión online en la cuenta de Youtube del Grupo de san Francisco, el próximo viernes 28 de enero a las nueve de la noche.

Con todo, no se queden con la simple imagen de un festival que recauda fondos para los olvidados, porque la realidad va mucho más allá, configurándose como un proyecto de humanidad, de fraternidad y de presencia: un proyecto que parte de la Iglesia que camina en la historia y que pretende fortalecer lazos de encuentro de la mano de aquel a quien cita san Juan: «Yo soy la luz del mundo».

Medio: La opinión de Málaga


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