Quién te lo impide?

San Juan 14,6-14. 

Jesús dijo a Tomás: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto". 

Felipe le dijo: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta". Jesús le respondió: "Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Como dices: 'Muéstranos al Padre'? 

 

¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. 

Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. 

Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. 

Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. 

Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré."

 La historia de los hombres es más a menudo una mar encrespada que un lago tranquilo. Existen corrientes contrarias que nos mueven en todos los sentidos. Y en la oscuridad de la noche, después del cansancio diario, los discípulos son tentados por el miedo -ay el miedo- a aferrarse al timón para volver a su pasado, a tierra firme sin duda, pero estéril. 

Pero es en el mar encrespado de la vida donde se estable el encuentro con el Señor, donde en medio de tanta oscuridad aparece el rostro luminoso de Jesús. 

La fe no nos evita los temores, los torbellinos de la historia, tan sólo nos garantiza que Dios aparecerá en alguna parte para responder a ellos. 

Si ayer en el evangelio, Jesus se revelaba como Mesías que sacia el hambre de la humanidad, hoy se autorevela, sólo a los suyos, como persona divina, que una vez más, va a su encuentro con amor. 

Quien sabe leer en la persona de Jesús la manifestación de un Dios que ama, se convierte en su discípulo y permanecerá  unido a él.

Cuándo soltaremos las amarras de nuestras seguridades y le dejaremos que tome el timón de nuestras embarcaciones y nos conduzca a buen puerto, hasta llegar a su eterna morada? Quién te lo impide? 

Que María, la madre buena, en este mes dedicado a ella, nos ayude en esta noble tarea de confiar más en su amor que en nuestras fuerzas.

!Paz y Bien!

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Por Fray Manuel Díaz Buiza

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