Diálogo

Mt (19,27-29)Evangelio según san Lucas (14,15-24)

 En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús: «¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!» Jesús le contestó: «Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó un criado a avisar a los convidados: "Venid, que ya está preparado." Pero ellos se excusaron uno tras otro. El primero le dijo: "He comprado un campo y tengo que ir a verlo. Dispénsame, por favor." Otro dijo: "He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor." Otro dijo: "Me acabo de casar y, naturalmente, no puedo ir." El criado volvió a contárselo al amo. Entonces el dueño de casa, indignado, le dijo al criado: "Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos." El criado dijo: "Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio." Entonces el amo le dijo: "Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa." Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete.»

Esta parábola nos revela la respuesta de Dios a los hombres: Dios prosigue sin tregua su diálogo con el hombre !Vaya provocación! Recoger a la gente de las plazas para llenar la sala de bodas. Todo está preparado, pero los viejos amigos, los conocidos, los parientes, se han mostrado sordos a su invitación. Dios se queda solo y con la mesa puesta. !Vaya desprecio que le hacemos a Dios los que decimos creer en él, los que estamos cerca de él. ¿Y qué va hacer Dios? ¿Va a apagar las lámparas? No. Dios manda buscar a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos. Nadie está excluido de la fiesta: en la casa de Dios la mesa estará siempre puesta para todo el mundo. La humanidad a la que Dios invita a las bodas no es una humanidad de ensueño es la humanidad de los Zaqueos, los Mateos, las Magdalenas, los ciegos de Siloé, los paralíticos de Cafarnaúm y las samaritanas y las adulteras perdonadas. Y la alegría que produce esta mesa no será la exuberancia ficticia y sin futuro de las cenas de negocios sin alma. La alegría será a la medida del asombro de encontrarse ahí en la sala de bodas, a pesar de nuestros defectos y de nuestras miserias. Hasta ahora nuestro lugar de vivir eran las plazas y las calles, los senderos y los callejones sin salida, invitados a la mesa eucarística, Jesús nos introduce en nuestro verdadero lugar, en nuestra verdadera morada: Cristo nos ha "elevado", nos ha arrancado de nuestra mediocridad y nos ha educado en las costumbres del Reino.

¡Paz y Bien!

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