Unas Misas poco "canónicas"

Unas Misas poco

Aunque algunos se ríen cuando lo cuento, hay momentos en que ser cura es una profesión de riesgo. Cabe también que me esté solterizando, no te digo que no, que es una afección frecuente en mi familia por parte de fraile. Como tú tienes aparato de pensar y no te entran agujetas cuando lo usas, como al mindundi ese de la gorra y los pendientes, te expongo el caso y tú lo valoras.

“Canónico”, en el diccionario de bolsillo Iter que heredé de mi hermano Manolo, significa conforme a los cánones. No me refiero a los 1752 cánones del Código de Derecho Canónico, que son las normas jurídicas de la Iglesia, sino a la 13ª acepción del dle.rae.es, que explica que, en música, se llama “canon”, a una “composición de contrapunto en que sucesivamente van entrando las voces, repitiendo o imitando cada una el canto de la precedente”. Seguro que te suena ese pedacico de cielo que es el canon en re mayor de Pachelbel. Cuando un coro bueno canta una canción a canon es bellísimo, porque es como si las frases musicales fueran danzando cadenciosamente, a pocos pasos unas de otras, y al final llegan todas al mismo tiempo a la meta, en una armonía perfecta que da gozo escuchar. Esa es la teoría. La práctica es harina de otro costal. Para captarlo te tienes que imaginar que eres cura y ver las cosas desde detrás del altar.

Tú suponte que comienzas a celebrar la eucaristía tan devotamente y ya, desde el inicio mismo, los asistentes te responden como a borbotones y en tres ritmos distintos completamente cacofónicos (de “caco”, feo, y “fono”, sonido: horrible de escuchar). Por eso son poco “canónicas”: en vez de canon de contrapunto, con proporción y medida, cada cual tira por su lado, va a su apaño y no se aviene a poner su voz al compás de las demás. Aún no has terminado de santiguarte ni llegado al Espíritu Santo del saludo, y ya se adelantan algunos con un “AMÉN” de esos extemporáneo y bien fuerte que te deja cortado y te hace perder el hilo. Tú sigues adelante, encomendándote a todos los santos habidos y por haber, porque la inmensa mayoría de la gente contesta “Amén” a su tiempo y sin prisas, y no tienen culpa de nada. Pero hete aquí que después, y como para contrarrestar a los polvorillas del principio, otra parte de los fieles —o mejor fielas, porque son todas damas— llegan remolcando pesadamente la respuesta: “Aaaameeeénnnn”. Así durante toda la misa, ¡ojo!, de manera que cuando vas por el Credo ya no sabes si reír, llorar, ponerte de canto o hacerte mechas. Bueno, y la apoteosis final llega en el Padre Nuestro. Hay días en que los primeros ponen el turbo y, sin que les dé tiempo siquiera a respirar, han acabado cuando los de en medio aún van por lo del pan nuestro de cada día. Terminan los del centro, y entonces se dejan caer sin ninguna prisa “las del tercer turno”, arrastrando las sílabas y a pleno pulmón, como si aquello fuera una competición para hacer saber a los demás que su ritmo es el más correcto y el más cabal. Con decirte que esas veces no he terminado el Padre Nuestro: ¡no sabía qué marcha poner!

Nunca lo haré, pero me han entrado tentaciones de hacer un domingo la homilía con tres metrónomos. Uno a ritmo rápido en el micrófono de la sede, otro a ritmo medio en el del altar, y el tercero, en plan superlento, en el micro del ambón. Y dejarlos cinco minutos, a ver qué pasa. Como no he caído en la tentación, no es pecado, pero me entran unas ganas... Lo que pasa es que la homilía es para explicar la Palabra de Dios, y no para mostrar cabreos. Así que tranquilos. Y, además, es que no serviría para nada. Primero, porque los que van a misa los domingos no son soldados de esa guerra sónica. Segundo, porque nunca he visto que un cabezón reduzca el volumen de su cacumen (es superior a sus fuerzas). Y tercero, porque hacer que cambien de costumbre nueve mujeres a la vez no sé yo si eso es posible en este universo físico. Conclusión piadosa para mis sobrinos solteros: no os hagáis frailes ni curas, nenes, que esta es una vocación de alto riesgo. Avisados quedáis.

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