¿Tú te duchas con reloj?

¿Tú te duchas con reloj?

Nosotros sí. Me refiero a los frailes de mi convento. Y no, no es que tengamos todos relojes de esos sumergibles ni nada de eso; la cosa es mucho más simple. Y más hermosa. Lo único es que si en tu casa tienes butano o gas ciudad no te vas a enterar bien. Para el agua caliente lo que tenemos es un termo eléctrico de esos de cien litros. Antes teníamos dos, pero se estropeó uno y, como es más viejo que el resfriao, nos dicen que ya no hay repuestos. El fontanero todo es decir que la semana que viene sin falta se pasa por aquí, pero debe ser una semana de esas far far away, porque hace tres meses que estamos así.

En teoría, cien litros para cuatro frailes debería bastar. Pero ya te digo yo que no es así. En primer lugar —y te lo dice un hijo de electricista— porque los termos eléctricos tienen la mala costumbre de que, por cada gota de agua caliente que te dan, ellos cogen de la general una gota de agua fría; eso significa, ni más ni menos, que el primer fraile que se ducha lo hace tan ricamente, el segundo también, pero sin regodearse, y el tercero más vale que sea el más rápido del oeste o que lo deje para el mediodía; tú eliges, forastero. Del cuarto, ni te hablo, como podrás comprender. En verano y entretiempo no hay problema, pero en pleno invierno, imagínate. Y en segundo lugar, como este convento es de los grandes, el agua caliente tiene que darse un largo paseo para llegar a tu habitación. Y se ve que la pobre se deja todas las fuerzas en caldear la tubería, porque entre que le das al grifo y sale medianamente caliente te da tiempo a lavarte los dientes con toda tranquilidad y buenos alimentos. Resumiendo, que los frailes hemos decidido ducharnos con reloj. O, mejor dicho, hemos adaptado nuestro amor fraterno a las características de nuestro calentador. Te explico. Todos sabemos que a fray Fulanito, que tiene ya su edad, le gusta ducharse a las seis y media en punto. Como su habitación es la siguiente a la mía, yo me ducho a las seis y cuarto y procuro gastar poca agua, y así, a las seis y media, la tubería ya está a tono y a él le queda aún suficiente agua caliente. Y lo mismo se diga de fray Menganito, que vive al otro lado del pasillo: él lo deja para las siete menos cuarto y aprovecha que la mayor parte de la tubería ya está en lo suyo.

Como el que corre más riesgo es el del tercer turno, Menganito y un servidor llegamos a un acuerdo amistoso la noche anterior, y te pides prime o terce, depende de la prisa que lleves para el día siguiente. Lo que no se nos ocurre es ducharnos a las seis, porque entonces fray Fulanito, que va más lento que nosotros dos, se nos queda como un pajarito. Con el cuarto en liza no hay problema, porque lo hace en día fijo y a una hora mucho más humana. Por un lado es un engorro, la verdad, porque tienes que estar atento y no despistarte. Pero por otro, y con la ayuda de un simple reloj, nos hemos buscado la maña para amar en concreto, para amar en lo muy pequeño, si quieres, pero amar. Ése es el verbo que importa. Y lo otro, lo del agua caliente y tal, no es más que la circunstancia circunstancial para hacer vida ese verbo. En tiempo de san Francisco no había termos eléctricos, pero él nos dejó dicho que los frailes nos tenemos que querer unos a otros con más amor aún que una madre ama a sus hijos. Y si no te gusta eso de “amar con reloj en mano”, llámale misericordia. En el fondo, es lo mismo. Y un aviso a navegantes para los de por aquí: si veis a Antonio José, que es nuestro fontanero, decidle que tenga un poquito de por favor, que esto ya pasa de castaño oscuro. Hala, con Dios.

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