Inmunes al razonamiento

Inmunes al razonamiento

Es una conversación recurrente entre el jefe del convento y un servidor, normalmente por las mañanas, a la hora de “la toma de la pastilla” (sí, ésas pequeñas y blancas que tú también tomas, y son para lo mismo y con idénticos efectos secundarios; si no te has enterado es que no has llegado aún a los sesenta). Y ya estoy otra vez con anacolutos, como mi padre; lo siento. No llegamos nunca a discutir, pero el padre Guardián y yo tenemos posturas divergentes. Él sostiene que eso de ser inmune al razonamiento se le puede aplicar a algún individuo concreto, con nombres y apellidos, pero nada más.

Mi opinión es distinta, porque pienso que es un modo de ser, una especie de estructura mental, y que ese tipo de personas se da no solo en los frailes, entes de por sí raros y especiales, sino también en la calle, entre la gente normal y corriente. “Inmune al razonamiento” no es la “posverdad” esa que ha aprobado la RAE hace dos años. Es más simple: hay seres humanos que, por más que les expliques las cosas, nunca te van a entender. No son deficientes, ni mala gente, ni gaitas; simplemente son impermeables al pensamiento lógico. No les entra. Como si no tuvieran estanterías en el cerebro para ir colocando allí las ideas que les expones. O como si les faltasen los conductos adecuados para que les entre dentro la realidad. Es materialmente imposible. Por eso es mejor emplear tu tiempo en otros menesteres.

Te expongo un caso típico: las confesiones “a traición”. El nombre lo he puesto adrede para captar la atención, pero es una realidad que años atrás compartimos (y sufrimos) todos los sacerdotes de la comunidad en un convento hoy por desgracia cerrado. Nos solía ocurrir a cada uno un mínimo de tres o cuatro veces al mes. Saca la cuenta: doce cada treinta días, o una cada tres días; una incidencia demasiado alta, creíamos nosotros.  La edad y el sexo variaban, pero el máximo común denominador era la reincidencia. El caso es que cuando faltaban cinco minutos y estabas casi saliendo para el altar, te llegaba la persona en cuestión y te espetaba: “Padre, atiéndame”.  Había ocasiones más flagrantes, como si estuvieran al acecho y, justo cuando asomabas por la puerta, allá que acudían al abordaje con su petición. El problema no era el requerimiento del sacramento, porque un cura honrado nunca niega un sacramento cuando el fiel lo pide adecuadamente [«de modo oportuno», «razonablemente» y «bien dispuesto»: cfr. can. 843 § 1 y 986 § 1 del C.I.C.]. Lo que enervaba no era la demanda en sí, lo repito, que es cosa cristiana y loable donde las haya, faltaría más; era la inoportunidad, el tono y la imperiosidad, porque sonaba a lo del anuncio aquel del avecrem (“¡Ya estás tardando!”), si bien despojado de la sonrisa y gracia de las muchachas del spot. Se parecía más al despótico “¡Lo quiero para ayer!”, de las películas del Bosque Sagrado ese de California.

La prueba de que eran inmunes al razonamiento es que no admitían dilación alguna, en jamás de los jamases: aquí te pillo y aquí te mato. Sí o sí. Ya podías decirles que hicieran el favor de esperar hasta que terminara la misa, y así los atenderías con más calma y dignidad, como se merecen tanto la persona como el sacramento: nasti de plasti. Y tampoco funcionaba la vía de la evidencia: “Mire usted que van a dar ya el tercer toque, que se va a retrasar todo, que la gente que está ya en los bancos no tiene culpa de nada...”. Que, si quieres paella, Cati.  Al final opté por ceder siempre, porque me salía más barato y empezaba la misa con más paz. ¡Ah!, y dando gracias porque ya no existe el tribunal de la Inquisición, porque a saber la de veces que me habrían denunciado... Mira, lo mejor es que ya pasó todo. Pero es un argumento de peso para el jocoso casus belli mañanero con mi superior. El mes que viene te pondré otro ejemplo. En esta misma ubicación, si te resulta cómoda. Nos vemos.

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