Esto no es un cuento de Navidad

Esto no es un cuento de Navidad

Te pongo en situación. Ya estaba oscuro, era el rato de descanso antes de la cena, y había tres frailes en la puerta del convento. Estábamos muy bien, porque nos apreciamos mucho, y bastante satisfechos, además, porque la reunión que habíamos tenido esa tarde, aunque un poco larga, fue muy provechosa y efectiva. Y en ese silencio cómplice y liviano, que se da tantas veces entre quienes se estiman y admiran desde hace años y porque sí, nos dijo: «Hermanos, quiero comunicaros que este verano Dios me ha bendecido con un cáncer».

Como lo lees. Antonio y yo nos quedamos igual de helados que te has quedado tú. Tengo familia cercana que pasa por ese trance, y con esto no se juega, como podrás suponer. Pero hubo tal paz en aquella frase, tanta serenidad creyente, tal ausencia de queja o de auto conmiseración, que las palabras, lejos de quedar en medio, pesadas y sin digerir, se elevaron suavemente, como hace la oración, y meciéndose en la brisa llegaron hasta el Señor. Hubo preguntas, sí; pero no morbosa curiosidad. Y una explicación sosegada de pruebas y de biopsias, de imposible cirugía, de posibles tratamientos... Pero sin ansia, ya digo, de enterarse de detalles; más bien de arrimar el hombro, por si quería apoyarse, y acercar aún más la vida, pues vivir es compartir, y los frailes lo sabemos. No voy a decir el nombre, porque hay gente de su casa y familia que aún no lo sabe, así que le voy a llamar fray Hermano, porque él gusta mucho de tratar a todos de ese modo. Pido perdón a los lectores por utilizar sus páginas para un asunto personal, y también a Antonio Arévalo, mi nuevo y flamante jefe, porque esto no entraba en la letra pequeña del contrato.

Fray Hermano: no sé si el cáncer acabará contigo. Ignoro si te curarás, aunque se lo pido a Dios todos los días. Lo que tengo que confesarte que TU FE ME HA CURADO. En el Evangelio, Jesús lo dice de otro modo, y a veces casi admirando la fe del hombre o la mujer que le pide el milagro, un poco como dando a entender que, cuando hay tanta fe, a Cristo le encanta ser Dios y hacer el milagro es una gozada. No estoy pidiendo un milagro aprovechando la Navidad; sé que no es tu estilo, fray Hermano. Lo que me está costando decirte, y por eso me amparo en este papel, es que el milagro ya lo ha hecho Dios, pero a mí, y no por mi fe, sino por la tuya. TU FE ME HA CURADO de muchas naderías, que yo tenía por importantes y no lo son. De muchos problemas inventados y calentamientos de cabeza inútiles, pues provienen de cosas que nunca resucitarán. De poner siempre delante de todo el yo, el mí, el me, el para-mí. Y de haber sido reo, aunque siempre me quedará la querencia, de lo que Cristo le dijo a la atareada Marta. De todo eso me ha curado tu fe, fray Hermano. Puede que mueras de esa enfermedad. Pero da igual, fray Hermano. Ya estás, aunque no te lo creas, de la parte del Dios que es La Vida. Ese Señor que nos reveló que nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Te lo digo y te lo repito: TU FE, HERMANO, ME HA CURADO. Y te lo tenía que decir. Porque este año, al menos para dos frailes, la Navidad nos llegó un sábado de octubre, en la puerta de un convento, en la boca y el corazón de un hermano. 

Ojalá esto fuera un cuento. Un Cuento de Navidad, como el de don Guillermo, con un final feliz y toda la pesca. Pero no es ningún cuento. Y no sé el final. Lo que sé es que CON-NOSOTROS-DIOS es la traducción exacta del nombre hebreo Emmanuel. Y sé que dos meses y pico antes de Navidad, Dios estuvo con nosotros en la puerta de aquel convento. Testigos de esto somos fray Antonio y yo. Que Dios te bendiga, Hermano. Ya que te ha bendecido con el hermano cáncer, que te bendiga también con su hermana curación. Así se lo pediré al Niño que va a nacer: Que el Señor te bendiga, Hermano ...

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