Dios prefiere a los bajitos

Dios prefiere a los bajitos

Aunque suene a guasa, no es ninguna broma: a Dios le gustan los bajitos. Dios lo puede todo, por eso es "Todopoderoso", como recitamos en el Credo, "Creo en Dios Padre, Todopoderoso". Pero tiene tres debilidades. Sí, no pongas esa cara y déjame que me explique.

 "Debilidad", en castellano, puede significar falta de vigor, de fuerza, de energía; incluso carencia de ánimo y cosas de ese estilo. Si tienes paciencia y sigues leyendo hasta el final lo que pone el diccionario, resulta que “debilidad” significa también "gusto" o "afecto". Si alguien tiene debilidad por el chocolate, es que le gusta mucho el chocolate. Si tienes debilidad por tu sobrino, es que lo quieres mucho, que le tienes mucho afecto. No es tan difícil de entender, creo yo. Bueno, pues en la Biblia, desde el principio hasta el fin, pone negro sobre blanco que Dios tiene especial debilidad por tres clases de gente "baja". Primero por los que tienen bajos ingresos, los pobres de bienes materiales. Después por los que tienen bajas las defensas, porque no los ampara nadie (en tiempos de Cristo, por ejemplo, eran los huérfanos y las viudas, que no tenían un padre o un marido que los defendiera). Y también tiene una debilidad muy especial por los que están bajos de Dios, los que tienen baja la gracia. O sea, por los pecadores.

 A éstos últimos, que, por culpa del pecado, están lejos de Dios, resulta que Dios les tiene un particular afecto. Es como si le doliera esa distancia y por eso hace todo lo posible porque vuelvan a casa. Acuérdate del capítulo 15 de san Lucas, con la parábola del Hijo pródigo y, antes, la de la oveja y la moneda perdidas. Esa es la “debilidad” del Señor que más me conmueve, porque en ella se ve a las claras hasta dónde llega su poder, hasta el mismísimo perdón. Hay un versículo de un Salmo que lo dice de una manera muy bella y profunda: “... de Ti procede el perdón, y así infundes respeto” (Sal 129, 4). Pecador es el que se ha perdido de Dios, y por eso el cielo se alegra de su vuelta a casa. Y eso es la conversión. Una conversión que Jesús no describe (no como nosotros solemos) subrayando mucho el esfuerzo personal del pecador por recuperar la gracia perdida. Eso es necesario, por supuesto, aunque no lo más importante. Para Jesús lo más bonico de ese proceso es el trabajo afanoso de Dios por recuperar lo que era suyo y se le había extraviado. Sólo quien ha sido perdonado de esta manera por el Señor es capaz de apreciar lo que vale su amor misericordioso.

 Dios es Dios porque sabe perdonar. Y sabe perdonar porque nos ama. Perdonar y amar, prácticamente, son palabras sinagogas, como dice Juanito, mi hermano el mayor. Así se ve en todo el Antiguo Testamento, así se ve en Cristo Jesús y así se tiene que ver en todos los que somos de Jesús. Más que nada por vergüenza torera, porque Dios te ha perdonado un montón de veces. Las mismas que mí, no te vayas a creer. Por eso, en justa correspondencia, quien ha sido amado y perdonado, no tiene más remedio que amar y perdonar. Concretando en general. Si estás bajo de gracia no te agobies, que Dios sigue creyendo en ti. Tiene debilidad por ti. Pero haz el favor de abrirle la puerta, que dentro estarás más caliente. Si ya estás pegadico a Dios, sigue así, que vas bien. Lo único que no te confíes, no sea que te olvides que amor y perdón son también apellidos tuyos por parte de Padre. Y si, encima, eres bajito en las otras dos cosas, en protección o en ingresos, pues no te digo más. Ahora, eso sí, que Dios tenga debilidad por ti no te va a pagar las facturas ni ahorrar agobios. Dios no te soluciona la vida: lo que hace es amarte, y es ese amor lo que hace que tu vida sea eterna. Una vez que llegas a eso ya alcanzas la altura adecuada, que es, exactamente, la de Cristo (Cf. Efesios 4,13).

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