De por qué la Navidad nos hace engordar

De por qué la Navidad nos hace engordar

No sé si en el tuyo, pero en mi pueblo lo de “dar de sí” se refería solo a la ropa. Un jersey que se había agrandado por el uso es que “había dado de sí”, o si algo que te compraban te quedaba un poco justo, todo era cuestión de tener paciencia hasta que se lavase unas cuantas veces y entonces “daba de sí” y ya te lo podías poner. La otra acepción en mi tierra no se usaba. Me refiero a esa que, poco caritativamente, subrayaba las limitaciones cognitivas de alguien: “El pobre es que no da más de sí”. Concretando en general. Dar de sí significa que algo ha ensanchado, que se ha hecho grande. Y eso es precisamente lo que hace la Navidad, porque es lo que hizo Dios en el Portal de Belén. Porque allí, en la más absoluta pobreza y desprotección, haciéndose máximamente vulnerable en un crío pequeñuelo, nos enseñó que amar al modo de Dios no es otra cosa que DAR-DE-SÍ. No me negarás que hay que ser mucho Dios para darnos a su propio Hijo. Nos dio un pedacico, si podemos hablar así, de sí mismo. Nos regaló lo que más quería el Padre y lo que más quería el Espíritu Santo: la segunda Persona de la Santísima Trinidad. ¡Olé tu Amor, sí Señor!

El Señor no es un jersey, ¡faltaría más!, ni la Navidad tampoco, por supuesto, pero ya te digo yo que la Navidad “engorda”. Cuando te copias de Dios, cuando haces lo que Él, cuando “das de ti” como el Señor “DIO-DE-SÍ”, tu existencia se hace más grande y se te ensancha absolutamente todo, alma, corazón y vida. Te “vuelves” Navidad, que es una forma bien hermosa de hacer lo que Cristo hizo siempre: la voluntad de su Padre celestial. Por eso te ensanchas tanto en Navidad, y no —como dicen las malas lenguas y la mayoría de las básculas— por las cantidades industriales de dulces y de no dulces que te ventilas en esos días. Y a tu misma familia y a la Iglesia le pasa igual, porque se ensancha y se hace más grande al dar de sí cuando reúne a los dispersos en torno a una misma mesa, cuando se aprieta un poco para que todos quepamos, cuando comparte lo que es y lo que tiene con los preferidos del Señor, con esos a los que Dios se quiso parecer naciendo pobre en Belén.

Lo que también está claro es que la Navidad, la buena, esa que engorda, es una fiesta movible. Aquí mismo en el convento hemos comprobado científicamente que hay un montón de gente que da de sí y ensancha en cualquier época del año, y no solamente de Nochebuena a Reyes. Como prueba fehaciente, simplemente constato las relativas al mes pasado: José Luis y don Juan Antonio C. C., por la apabullante generosidad que han tenido con nuestros catorce agradecidos ojos; Salva y su hermana Mari, por su furgón y los tres pares de zapatillas; el siempre fiel AGO, que, cual barbero de Jumilla, vino, como cada mes, a tomarnos el pelo; las ya populares Damas de Santana limpiándonos la capilla; AMTO que, como es mujer, es capaz en el mismo día de subir aquí a escribir su blog y a hacernos comida típica; igual que las dos Mariángeles, que también cocinan como su nombre indica; y Jose (sin acento, insisto), que se está dejando la vida pintándonos gratis todo el atrio; y los admirables Callaos, que tanto ejemplo nos dan de oración y trabajo mes a mes; con cadencia dominical mi hermano Eduardo y otros dos matrimonios, Conchi y Mariano y Fausti y Manolo; mi hermanica y paisana MASO, que nos malcría con sus coqretas (¡sic, Arévalo, sic!) y pone los parches a Paco; Tere y Luis, Cayetano, Herminia y sus buenas manos, Pedro el de los periódicos, las rebajas de don Gómez, María del Mar la prudente; Félix y su buen leer, y Valentín y Teresa... Ahí lo dejo: 33 solo en noviembre.

No te lo tomes a mal, pero te deseo de corazón que esta Navidad engordes lo más posible. Que des de ti todo lo que puedas. Igualico que Dios, que fue quien nos lo enseñó; o que san Francisco, que inventó los de los belenes para hacernos caer en la cuenta. Lo dicho: ¡FELIZ DAR-DE-SÍ!

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