Cinco puntos y un junto

Cinco puntos y un junto

¿Sigues ahí o te has ido ya de vacaciones? Si es lo segundo, que te vaya bonito, con la ayuda de Dios. Y si es lo primero y no tienes nada mejor que hacer, te invito a hacer peña y a ver si la cosa mejora una chispitina. Vamos a ver cómo empiezo y si lo encarrilo bien. Yo casi ya no me acuerdo, porque hace muchos años, pero de pequeño que enseñaron que al final de una frase se pone punto. Se le llama «punto y seguido» si luego se sigue escribiendo otra frase.

Si es la frase final del párrafo, entonces se dice «punto y aparte». Y si es el último signo ortográfico de lo que estés escribiendo, pues se le dice «punto final» y quedamos todos tan amigos. Aunque a mí me gustan mucho las palabras no soy filólogo, y no sé si en la actualidad se siguen llamando de esa manera. El caso es, y a eso iba, que esos signos ortográficos los usamos también para expresar otras cosas. Para indicar un cambio de tema, de asunto o de materia solemos decir «eso ya es harina de otro costal». Pero también se puede escribir «eso ya es punto y aparte», y estamos diciendo exactamente lo mismo.

Lo que se me hace más cuesta arriba de entender es cuando se quiere zanjar una discusión, o una mera conversación, con el tajante: «y punto». La expresión tiene la misma calaña que el dichoso «porque lo digo yo», que podrá cerrar una disputa, no digo que no, pero no aporta mucha luz a lo que se trate. Y posee casi la misma altura moral que eso de «porque me da (o no me da) la gana», frase que, en mis tiempos de crío, iba seguida ineludiblemente de un pescozón de mi madre, que en paz descanse, porque era una falta de educación y de respeto y esa no era manera decente de contestar a nadie. Hoy no daría abasto, la pobre, sobre todo en política, porque ha aumentado exponencialmente la cantidad de cerrazones, prejuicios, descarte de diálogo y, en el fondo, rechazo del que no es como tú o piensa de distinto modo. A ese, ni agua. Y punto.

Por eso me encantó lo que le escuché a mi jefe el otro día. Decía el muchacho —perdón por la confianza, pero le llevo diez años— que lo típico de los frailes franciscanos, de los Hermanos Menores, es ir por la vida sumando, tendiendo puentes, interesándose por lo de los demás, y no poniendo lo suyo siempre lo primero. Su frase textual fue: «No hay que poner mis ideas, mis proyectos personales, por encima de lo comunitario; hay que ponerlo JUNTO CON». A mí eso de «junto con» me recordó lo de las páginas esas de internet, porque el sonido es bastante similar al tan escuchado «...punto.com». Me puse a darle vueltas a lo del «JUNTO CON», investigué el asunto sin recurrir a la Wikipedia y me di cuenta que mi jefe no había inventado nada nuevo. Es más, que se había copiado de san Francisco de Asís. Y san Francisco también se había copiado —de lo que se entera uno leyendo, ya ves—. Ambos dos se habían copiado de Cristo y del Evangelio, porque allí es donde aparece claro que lo del JUNTO CON es el estilo propio de Dios. Dentro de Dios, dentro de la Santísima Trinidad, lo que impera es precisamente el «junto con» que suma y no resta, que aúna en vez de separar, pero aúna sin confundir ni revolver, respetando a las personas.

Lo cristiano, pues, es ese dominio del JUNTO CON. Por eso es lo que más nos cuadra a los franciscanos, porque todo lo de Dios nos sienta divinamente a los que vamos de marrón por la Iglesia y por la vida. Y a ti y a los tuyos, aunque no seáis ni frailes ni marrones, también os va a venir de perlas tener ese estilo en casa. En el fondo, esto es como lo del huevo de Colón: si quitas de tu casa y de tu gente todo lo que os separa, todos los puntos que ponen límites y rayas rojas, lo que queda precisamente es la unidad, el gozo casi infinito de estar juntos, tal como os soñó el propio Dios. Las matemáticas, una vez más, no engañan. Y la correcta escritura, tampoco: si quitas los puntos, te queda todo junto.

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