Al final va a resultar que el Evangelio tiene razón

Al final va a resultar que el Evangelio tiene razón

Lo digo por una bobada que me ha pasado esta mañana. Resulta que anoche, en la cena, me di cuenta de que a la botella de vino que tenemos en la mesa le quedaba poco. Me quedé con la copla, pero luego, como había cursillo prematrimonial en la parroquia, se me olvidó.

Y esta mañana, cuando he ido a rellenarla, ¡sorpresa!, ya estaba llena. Y además sé quién lo ha hecho. Te pongo en antecedentes. De los cuatro frailes que somos en el convento, vino en las comidas solo toma el más mayor; los demás son de agua y yo, que tomo cerveza, por eso del riñón (sí, no pongas esa cara, que es la pura verdad).

El vino lo traen en garrafas de esas de cinco litros y lo trasvasamos a una botella de vidrio normal para que sea más cómodo. Eso lo hacemos los no vinateros, que estamos en buenas condiciones físicas y levantamos sin problemas los cinco quilos. Así que el problema de lógica era bien fácil de resolver. Primer dato, el hermano más veterano no ha podido ser, por cuestiones de peso. Segundo dato, el siguiente en edad tampoco ha sido, porque está fuera dando Ejercicios a las clarisas. Tercer dato, yo no he sido, porque se me borró de la telilla del juicio. ¿A que ya sabes quién rellenó la botella de vino?

Ya he dicho antes que era una bobada, pero me he equivocado: estaba Dios por medio y eso no es ninguna tontería. Cuando las cosas, aun las más pequeñas, se hacen por amor, eso es actuar como nos enseñó el Señor. Que un fraile hecho y derecho esté atento a las necesidades de un hermano suyo más anciano, se llama caridad fraterna y eso construye el Reino de Dios. Y que eso se haga, además, a la chita callando, cuando no te ve nadie, y sin alardear de ello, es muy del estilo de san Francisco de Asís, que nos dejó escrito: «Dichoso el siervo que atesora en el cielo los bienes que el Señor le muestra, y no desea, con la mira en la recompensa, ponerlos de manifiesto a los hombres, porque el Altísimo mismo descubrirá sus obras a quienes le agrade. Dichoso el siervo que guarda en su corazón los secretos del Señor.» Esa frase está tomada de la Admonición nº 28, y lleva por título «Ocúltese el bien, para que no se malogre». La imagen está muy bien, y es muy sabia, pero es un plagio. Lo siento en el alma, pero es así. San Francisco la copió del Evangelio. Lo de “atesorar en el cielo” es de san Mateo (Mt 6, 20), y lo de “guardar en el corazón” lo dice san Lucas de la Virgen María, y dos veces (Lc 2, 19. 51). Pero es que la idea misma está calcada de lo que dijo Cristo, eso de que no se entere tu mano izquierda de la limosna que da tu derecha (tienes todo el pasaje en Mateo 6, 1-6. 16-18). Claro, todo esto no tiene ningún misterio para las madres, que se pasan la vida cumpliendo al pie de la letra lo que dijo Cristo y le copió san Francisco, y no cacarean todo lo que hacen por sus hijos y por su marido. Pero a los varones en general, sean o no frailes, hay que enseñárselo, porque de otro modo no lo aprenden. Y como el mejor modo de aprender es con ejemplos, pues yo te he puesto el ejemplo de ese hermano mío, el llena-botellas anónimo.

Como soy muy vergonzoso y no voy a ser capaz de decirle en su cara que me encantó su detalle y su discreción, pues lo he puesto por escrito. Y así, además, no se me olvida, porque de un tiempo a esta parte se me olvidan mucho las cosas, no sé si te pasará también a ti, y si no las apunto, pues se me van. Y esta no quiero que se me vaya. Y acabo copiándome yo también del Evangelio. Busca luego las Bienaventuranzas, en san Mateo, y unos diez renglones después de ellas pone: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

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