¿AGAPESÓNAR O ESMAIL-LOQUEISON?

¿AGAPESÓNAR O ESMAIL-LOQUEISON?

El primer palabro, como ya habrás adivinado, se refiere al duendecillo de Santa Ana. El nombre es por incordiar, así que no te rompas la cabeza buscando en Google. En griego la palabra “amor” o “afecto” se pronuncia “agápe”, y lo de “sónar” lo he visto en Internet (donde toda burrada ortográfica tiene su sede) de esta guisa: “biosónar”. Ganas de marear la perdiz, porque a eso, en mi pueblo, le hemos llamado de toda la vida ecolocación, que es el sistema de orientación que usan los murciélagos para moverse en la oscuridad. Consiste en emitir sonidos que, al rebotar sobre los obstáculos y volver al oído, te van informando de dónde están las cosas y no te das porrazos con ellas. Los delfines también lo usan. Si, en vez de emitir sonidos, las ondas que salen de ti son de amor y de afecto, el eco que recibes te indica si te puedes acercar con confianza, porque te van a devolver el cariño, o si tienes que salir por patas porque o no está el horno para bollos en ese momento, o la persona en cuestión es refractaria a la ternura (aunque eso debe ser una mutación maligna, a mí que no me digan, porque Dios es amor y nosotros sus clones).

El duendecillo usa el “agapesónar” con una maestría impresionante, por eso lo quiere todo el mundo, y entrañablemente, porque no hacen sino devolver el eco del amor que reciben. También está la otra versión, la “sonrisalocación”, que es lo mismo, pero con ondas de alegría, y en inglés se pronuncia como pone arriba en el título. El funcionamiento es idéntico porque la sonrisa, cuando nace de un corazón habitado por Dios, funciona exactamente igual que el cariño, que anida encantado donde le dan cobijo y rebota sin merma si no es aceptado.

No me lo van a permitir nunca, pero, si me dejasen, yo a la sonrisa la llamaría Ana María. Y viceversa. Suena a rima fácil, pero si tienes un minuto te lo argumento y luego tú lo tomas o lo dejas, que para algo tienes el cerebro. Hasta hace unos años, yo pensaba que la alegría era romana y viajaba en autobús. Lo digo porque la sonrisa más radiante que había visto nunca, la más llena de gozo y entusiasmo, una sonrisa que era pura vida porque se notaba que salía a borbotones del hontanar del alma, se la escuché a una señora de unos cuarenta y pocos años, un tanto rellenita y con pelo rizado, en un autobús que tomé cerca de la columna de Trajano, en 1989, cuando estaba estudiando en la ciudad eterna. No solo me alegró el día y me hizo una muesca en el recuerdo, sino que, en medio segundo, sanó el ánimo de todos los que viajábamos con ella. Luego, la madurez ha ido haciendo su trabajo y ahora ya tengo pruebas fehacientes de que es española cien por cien. Porque una sola sonrisa, por rutilante que sea, no deja de ser algo puntual. Pero mantenerla día a día llevando adelante a su familia, su trabajo, sus tres anginas de pecho y el infarto posterior, el cuidando de su padre enfermo hasta que se ha muerto el hombre, tras larga y dolorosa agonía... eso solo puede hacerlo una mujer. Y cristiana, ¡ojo! Tendrías que verla en acción, porque es todo un espectáculo. No solo por la mirada entusiasmada cuando te ve por la calle o sube al convento y saluda a los frailes, que en me eso recuerda mucho a la Santísima Virgen, que, como Madre que es, siempre ama al mirar y te mira amando. Tampoco por los hoyuelos de alegría que le salen, tan naturales, o el brillo de su cara, o su palabra cálida que no finge el afecto. Es como si, en ese momento, le aflorara al cuerpo entero todo lo mejor de su ser, y eso incluye a Dios y la gozada de creer. “Esmail-loqueison” seguro que no va a tener éxito, pero eso de que la sonrisa se llame Ana María lo mismo tiene mucho más recorrido. En junio si eso lo hablamos, que ahora voy muy pillao. ¡Hala, hastadios!

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