Sobre mi pecera....

Dentro del Encuentro de hermanos de menos de 55 años, celebrado el pasado fin de semana en Madrid, nuestro hermano José María Roncero, con gran generosidad, compartió con los asistente un cuento, "La batallita de mi pecera":

Como de los que estamos aquí soy el segundo más viejo, voy a ejercer mi derecho de abuelo cebolleta y os voy a contar una batallita. La batallita de mi pecera.

Yo, antes, era muy feliz con mi pecera. Era chiquita, sí, pero era la mía. Estaba convencido con certeza de fe, y lo sigo estando, de que el Señor la había elegido para mi. Por eso, con el Salmo, me decía: “me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad”, y nadaba dando palmas con las orejas.

 En mi pecera cartagenera yo estaba de maravilla. Para eso había nacido, y allí quería estar. No me faltaba nada, tenía a Dios, tenía trabajo, tenía a mis frailes, y toda mi vida - suponía - se iba a desarrollar allí. Allí paz, y después gloria.

Pero, claro, no contaba con la biología. Ni paraba mientes  en que Dios es el Señor y dueño del tiempo y de la Iglesia.

Cada vez éramos menos peces. Don’t worry, be happy, mi pecera llenaba mis días y ensueños, nemo problemo. Mas, curiosamente, las paredes cada vez estaban más cerca.

Sin aportes nuevos, el genoma empobreció; el agua perdió su transparencia; el oxígeno, mil veces respirado, no era fresco. Los nutrientes, de tanto reciclarlos, hicieron crónica la anemia.

Y las paredes más cerca, apenas a una hora. Y el futuro más pequeño. Con sentido, por supuesto, porque de marrón me quiso Dios y de marrón pienso seguir. Pero como con menos ambiciones. Con un mañana precario, por lo próximo, y el horizonte cada vez más enano. Ya, prácticamente, ni soñaba.  

Hoy... ya no existe mi pecera. El Dios de la Vida, que resucitó a Jesús rompiendo las ataduras de la muerte, me ha cambiado la pecera por un acuario. Todo nuevo y a estrenar: ¡Es genial!

El Señor me dio de esta manera, a mí el hermano calvito, el comenzar a ser acuario; en efecto, cuando estaba en pecera, me parecía amargo renunciar a su historia. Y el Señor mismo me condujo al acuario, y me dijo: “He aquí que yo hago nuevas todas las cosas”.

Y, al darle a Cristo hasta la propia memoria común, aquello que yo temía amargo, se tornó esperanza y posibilidad; y, después del uno de enero, me sentí aún pecera un poco de tiempo, y después salí de ella.

Y el Señor me dio y me sigue dando una fe tal en este acuario,  que oraba y decía así sencillamente: Te adoramos, Señor Jesucristo, aquí y en todas las aguas de este nuevo formato, y te bendecimos, pues por tu santa cruz redimiste el futuro.

Ahora hay tanta agua que casi me canso de nadar; por más que busque nunca me topo con las paredes; sé que existe el horizonte, pero allá en la otra punta y, sorprendentemente, he comenzado de nuevo a soñar.

Así que, lo siento en el alma, hermanos, pero aquí estoy, porque he venido. Y aquí me voy a quedar. Luego os digo cómo nado.

Y esta es la pregunta: tú, ¿sigues aún en la pecera que ya no es, o podemos contar contigo en el acuario donde estamos?

Te lo pregunto, más que nada, porque a partir de ahora, si tú te escaqueas, el trabajo me lo cargo yo, y no es plan.

Puedes probar a esconderte, para que te dejen en paz, pero vas de cráneo, hermano: en este acuario no hay rincones, ¡se siente!

En el fondo, agua era, y agua es. 

Pero esta es agua nueva que nos da el Resucitado. 

Toda cuajada de Dios, como en María. 

Fraterna y en misión, al gusto eclesial de nuestro seráfico Padre san Francisco.   

Te lo pregunto otra vez:    ¿TE ATREVES A NADAR?

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