Sueños vocacionales: “¿Para quién soy yo? - Domingo del Buen Pastor

Soñar sueños es seguir señuelos que no trampas. Es otear horizontes largos y caminar pasos cortos. Es responder llamadas y desperezar soliloquios. Soñar, en clave cristiana, es poner el corazón en ‘modo oyente’, leer con los ojos del alma la Palabra y callar respuestas aprendidas, para estrenar un sí en ‘modo creyente’.

Con o sin pandemia, parece que no están los tiempos, que no tenemos el cuerpo, para despertarnos con silbos amorosos pastoriles. Pero el poeta sabe soñar los silbos en la selva cotidiana de los días:

“Pastor que con tus silbos amorosos,

me despertaste del profundo sueño,

Tú que hiciste cayado de este leño,

en que tiendes los brazos poderosos.” (Lope de Vega).

Dicen los mayores que para soñar hay que estar dormidos, pero dicen los creyentes que para tener sueños vocacionales se necesita estar bien despiertos: “Después derramaré mi Espíritu sobre todos: vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones.” (Jl 3,1; Hch 2,16-17) Porque Dios, que es un poco poeta, se sirve de profetas que despierten del sueño a los que sueñan porque no quieren dormitar en el sopor de la tibieza. Pues no anhelan vivir solos, ni sólo para sí, ni sólo para solear soledades, muy realizadas, sí, pero que derrotan antes o después en monólogos virtuales desvitalizados.

“A pesar de todo, san José se dejó guiar por los sueños sin vacilar. ¿Por qué? Porque su corazón estaba orientado hacia Dios, ya estaba predispuesto hacia Él. A su vigilante ‘oído interno’ solo le era suficiente una pequeña señal para reconocer su voz. Esto también se aplica a nuestras llamadas. A Dios no le gusta revelarse de forma espectacular, forzando nuestra libertad. Él nos da a conocer sus planes con suavidad, no nos deslumbra con visiones impactantes, sino que se dirige a nuestra interioridad delicadamente, acercándose íntimamente a nosotros y hablándonos por medio de nuestros pensamientos y sentimientos.”

 Algunos, siempre escasos, intuyen, con el olfato creyente del ‘oído interno’ de los sencillos de corazón; que el Dios anunciado por Jesús, el Hijo del Hombre, se cuela en los pensares oníricos y sentires cabales de hombres y mujeres. Ellos y ellas vibran en la interior bodega al sentir una presencia extraordinariamente cercana, una voz opacamente clara, una llamada mendicante de respuestas: “Soy yo, no temáis” (Jn 6, 20).

Soñar es temer que se sueña, que no hay cimiento de verdad, ni cemento con que pegar ni contar lo que te pasa por las entretelas, cuando te sabes llamado por quien barruntas por dentro que es Dios; cuando te sientes llamado a vivir lo que definen y deciden llamar: ‘vocación’… “Quítate las sandalias, porque la tierra que pisas es sagrada.” (Ex 3,5)

Del amor, más que el amante, sabe quién fue amado. De vocación sabe ser ignorante quién ha sido llamado. Es una cuestión de relación cordial con Cristo, de fundir los propios sentimientos en la fragua de los sentimientos del Resucitado.

“Se trata de una relación que llega a un contacto tan intenso y profundo que redescubre en sí la sensibilidad del Hijo, a su vez imagen y encarnación de la sensibilidad del Padre. En efecto, los cristianos creemos en un Dios sensible: oye el gemido de los oprimidos y escucha la súplica de la viuda, sufre con el hombre y por el hombre.  Queremos creer que la vida consagrada, en sus múltiples carismas es exactamente la expresión de esta sensibilidad. Se podría decir que cada instituto subraya con su propio carisma un sentimiento divino particular.”

Ni una pesadilla de ensueños angustiados en el pecho, ni hechizo que embelese la razón.  La vocación más que una certeza es un riesgo cierto, certero y acertado. La llamada no es juego, pero siempre es aventura. Responder es seguir las huellas de Jesús, el Señor, en el aprendizaje crucificado de su vida de oyente obediente, de pobre sin nada propio, de corazón indiviso y sin otro cuidado que anunciar la buena nueva del Padre a los pobres: Dios es buena noticia (Mc 1,14).

Los llamados no son ni muchos ni pocos. Son los que son. No son ni mejores ni peores que los demás, son como son; son llamados. Cuántas veces se preguntarán, hasta setenta veces siete: ¿Para quién soy yo? Ni son los más perfectos ni con más defectos, son los afectos a vivir y anunciar el Evangelio, sin domesticarlo con ideologías de cualquier signo.

Son los dispuestos a testimoniar y predicar a Dios como buena noticia en la vida llena de arrugas sin planchar. Son los que encuentran contento al consagrar el pan y el vino, curar heridas, enseñar a leer y cantar, vendar corazones descorazonados, bendecir campos y mares, secar lágrimas sufrientes, a reír sonrisas en periferias cercanas, a correr riesgos por decir que Dios es Padre y Padre nuestro y Padre de todos… y osar soñar y hacer soñar: “Todos hermanos, sois hermanos.” (Mt 23,8)  

La vocación al sacerdocio, a la vida consagrada, a la misión, es arriesgada, sí, pero no un juego. Jesús, el Hijo del Llamante, el Padre, se arriesga llamando pescadores galileos, aguadoras samaritanas, ricos pauperizados, martas ocupadas, pobres enriquecidos, marías embelesadas, lejanos aprojimados, pecadores agraciados de perdón, enfermos bendecidos, Nicodemos nocturnos, sin papeles de lo religioso, excluidos en pateras buscadoras…

Los llamados por el Llamante, un día y a una hora que no olvidarán jamás, oyeron “Ven y sígueme” (Mt 19,21). A esa hora estaban soñando, que no dormidos, no sufrían pesadillas ni delirios febriles. A esa hora estaban bien despiertos pues desde entonces han vivido el desvelo de anunciar el Evangelio sembrando, mañana, tarde y madrugada, el sueño de paz del Reino de Dios (Hch 10,36): “El Señor me reveló que dijésemos este saludo: ¡El Señor te dé la paz!”

La vocación es una pandemia singular: brota, crece, se nutre y multiplica en su cepa natural, la Iglesia. No depende del color de los ojos ni de las añadas. No crea anticuerpos pues te hace vulnerable humana y evangélicamente.

La llamada es altamente contagiosa pero sólo desarrolla procesos virales si hay consentimiento libre y liberador, si desata procesos acompañados con madurez por compañías maduradas, en el aprendizaje artesanal de mirar la mirada resucitada del Maestro: 

“Vuelve los ojos a mi fe piadosos,

pues te confieso por mi amor y dueño,

y la palabra de seguirte empeño,

tus dulces silbos y tus pies hermosos” (Lope de Vega)

La vocación no tiene vacuna de fórmulas farmacéuticas complejas, ni dosis que administrar con la garantía de ensayos clínicos seguros, ni plazos que aplazar en calendarios dilatados de decisión indecisa. La llamada te hinca de hinojos para lavar los pies descalzos y descalzados. De nada valen los geles hidroalcohólicos, porque estás siempre en el fregadero de la refriega de la vida, intentando componer en el taller de la oración tanto juguete roto en esta tierra cuarteada, casa común, que es la creación. La llamada no respeta la distancia de seguridad, porque se trata más de aprojimarse que de decir, más de oír que de hacer, más que de perdonar de ser perdonado, más que ser amado de amar.  

La vocación es seguir los silbos amorosos del sueño del Evangelio del Buen Pastor.

Fray Vidal Rodríguez López ofm

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