Domingo de Ramos. Olivos

Olivos en el viento y en aplausos en el aire. Palmas en las calles y en las plazas mantos. Las puertas bien abiertas y abierto estaba el tiempo. El tiempo suspendido y todos bien pendientes, de aquel Hijo del Hombre, que viene cuesta bajo, montado en un jumento, escoltado de niños y pobres, de galileos y peregrinos.

Jesús el Nazareno, peregrino de la Pascua, mendigo de un pollino, huésped de una sala, pedigüeño de un bocado, víctima de un beso, ungido de perfumes, bendecido de ramos, aclamado de palmas y vítores.  

Rey de paz en la paz de Jerusalén, Mesías de Dios en la Ciudad Santa, Cristo entre los hombres, David entre los pobres, Siervo entre dolores, Hijo del Padre, Perdón de pecadores, Pescador de pescadores…  Jesús entra sin llamar a la puerta, sin pedir la venia ni esperar parabienes. Entra extendiendo mantos y enarbolando hosannas, rompiendo lanzas y pidiendo hogazas, derribando murallas y tendiendo puentes, vestido de olivos y sudores, coronado de palmas y vivas.

Jesús entra sin mascarilla ni maquillaje, sin escudo ni escudero, a pecho descubierto y sin antivirus. Sin vacunas de miedos ni números sin cuento. Se deja ungir de besos, rechaza sobres de bolsas de monedas y desdeña geles que enjabonen la mentira. Sólo pide damajuanas de agua y palanganas de lágrimas magdalenas, porque él es agua viva (Jn 4,14). Reclamará una toalla para fajarse la cintura, para de hinojos, secarnos los pies, para sentarnos con él a comer su pascua.  No tiene mullidos jergones donde reposar la cabeza. Quiere velar al raso de olivos orantes de aceite y soledades. No necesita ejércitos de espadas sino gavillas de esperanza.

Jesús se cuela por la gatera de la ciudad de este mundo entretenido en mercados, distraído en estadísticas, descontando caídos, enredando en redes, navegante en marejadas, abandonando heridos en las cunetas, enfermando enfermos… Jesús entra descomponiendo todo con su mirada que regala bienaventuranza a los descartados, dando papeles a los empapelados de desgracias sin papeles, regalando perdones, salud a los enfermos, resucitando muertos… Cuando no tendrá más que decir ni que dar, se dará el mismo en el pan partido, diciéndose en el vino derramado, en un sudor de aceite y una sangre de olivos, en la cruz de un árbol y una trenza de espinos, en un salmo de rezo y en un grito sediento: “Tengo sed” (Jn 19,28).

Jesús viene al trote de un platero y entra en el Moguer nuestro de cada día. Entra en Jerusalén, en la ciudad de esta casa común de la tierra, en esta aldea global de plazas virtuales y calles de pandemia… y hasta los que le ignoran le llaman de todo... y hasta loco.

Jesús henchido de milagros y enjuto de carnes, con barba y cabellera nazarena y tocado de sueños, entra a lomos de la blandura gris de un platero nuevo en la vida nuestra de cada día.

Atrás queda Galilea y el lago, el desierto y el Tabor, Nazaret, Cafarnaúm y Betania, los campos y caminos, los pozos y milagros, los amigos y llanos. Detrás están las mieses que ya verdean de paz y al frente el cielo inmenso y puro de un incendiado añil. Jesús abre sus ojos ¡tan lejos de sus oídos! Jesús mira a las gentes con la humana nobleza de su divina humildad, recibiendo en su calma de inocente esa placidez sin nombre y esa serenidad armoniosa que vive en el sinfín del horizonte…

A las espaldas quedan allá lejos, por las altas murallas, unos agudos gritos, velados finalmente, entrecortados y jadeantes de los niños que gritan: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, Hosanna al Hijo de David!

Simón Pedro pasa de la euforia al escalofrío, se le muda el color del rostro, al recordar lo dicho por Jesús un día, no hace muchos días:  

“Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenaran a muerte y le entregaran a los gentiles, y se burlaran de él, le escupirán, le azotarán y le mataran, y a los tres días resucitará.” (Mc 10, 33-34)

Domingo de Ramos . Roma, 28 de marzo de 2021 
Fray Vidal Rodríguez López ofm

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