Misión franciscana en Calzadilla (Cáceres)

Durante la semana del 25 de noviembre al 1 de diciembre un grupo de hermanos menores, franciscanos de diferentes fraternidades (El Palancar, Cáceres y Alcalá de Henares), junto con algunos hermanos de la Orden franciscana seglar de Cáceres que se unieron presencialmente al final de los días, hemos vivido una misión itinerante en un pueblecito de Cáceres, Calzadilla, saliendo de nuestras fraternidades de origen y constituyendo una "Fraternidad franciscana entre la gente", conscientes de que según nuestra tradición, "nuestro claustro es el mundo".

Fue el párroco de Calzadilla, D. Julián Carlos, con quien tenemos una bella amistad los hermanos del Palancar, franciscano de corazón y muy deseoso de esta misión, que cree en una Iglesia en salida, quien nos propuso esta población. Y, habiendo hablado en meses previos con los miembros de la unidad pastoral, junto con el Obispo, D. Francisco Cerro, y posteriormente con el consejo pastoral de Calzadilla, nos pusimos en camino.

Estos días los hemos vivido bajo el impulso inspiracional de los textos del Evangelio de la misión, textos fundacionales para nosotros que nos ponen en camino que nos llevan a ser portadores de la Buena Noticia de la paz con el ejemplo, el gesto y la palabra... Hemos vivido esta misión dejando resonar también de forma concreta las primeras palabras de la parábola del sembrador: "Salió el sembrador a sembrar..." conscientes de que de esto se trataba fundamentalmente: de salir, de llevar la semilla del Evangelio desde la presencia de amistad, el saludo de la paz, la fraternidad y la simplicidad... no nos correspondían ni buscábamos los frutos, no era la finalidad... Dios sabrá lo que tiene preparado a cada uno que hemos encontrado, podremos contemplarlo algún día o no, lo que importaba era ponerse en camino en este talante.

En la base de la vocación de s. Francisco ha estado la sana tensión  y equilibrio entre la búsqueda contemplativa del Señor en la soledad del eremitorio, de las cuevas, de los bosques… y el ir de dos en dos (en fraternidad) a encontrar a las gentes para anunciarles el Evangelio. Este “Evangelio de la Misión”, posiblemente escuchado en la, entonces, fiesta de S. Matías, en Santa María de la Porciúncula, que fue el detonante de su vocación, que, en cierto modo, refleja el texto que hemos leído,  y que ha sido nuestro “modo” de ser enviados:

Cuando el bienaventurado Francisco acabó la obra de la iglesia de S. Damián, vestía hábito de ermitaño, llevaba bastón y calzado y se ceñía con una correa. Habiendo escuchado un día  en la celebración de la misa lo que dice Cristo a sus discípulos cuando los envía a predicar, es a saber, que no lleven para el camino ni oro ni plata, ni alforja o zurrón, ni pan ni bastón, y que no usen calzado ni dos túnicas; y como comprendiera esto más claro por la explicación del sacerdote, dijo transportado de indecible júbilo: “Esto es lo que ansío cumplir con todas mis fuerzas” .

Y, grabadas en la memoria cuantas cosas había escuchado, se esforzó en cumplirlas con alegría: se despojó al momento de los objetos duplicados y no usó en adelante de bastón, calzado, zurrón o alforja; y, haciéndose una túnica muy basta y rústica, abandonó la correa y se ciñó con una cuerda. Adhiriéndose de todo corazón a las palabras de nueva gracia y pensando en cómo llevarlas a la práctica, empezó, por impulso divino, a anunciar la perfección del Evangelio y a predicar en público con sencillez la penitencia. (Tres Compañeros, 25)

Hay, digamos, una gracia particular en la intuición de los fundadores, una intuición, a veces, un poco “literal” en lo que se refiere a la escucha del Evangelio, o en el modo de actuar,  que la hace descabellada, impensable o imposible, para aquellos y mucho más para nosotros, distantes de aquellos tiempos, acostumbrados a otros “modos” de hacer, evangelizar, ir en misión (catequesis, grupos de oración, de reflexión, estrategias y recursos pastorales…), perfectamente válidos, por otra parte. Pero es una intuición que sigue siendo válida para nosotros por estar bañada precisamente por esta gracia evangélica que la pone en marcha, si estamos decididos a osar y a asomarnos a esa ventana a la que se asomaron nuestros primeros hermanos y poder contemplar lo que Dios obra. Parece como si hoy fuera necesario volver a la simplicidad, a algo muy primario y simple, menos racional...

Ha sido una misión “itinerante”, una "fraternidad franciscana entre la gente" porque es la itinerancia lo que ha caracterizado la vida  de los hermanos mendicantes. La itinerancia es vivir “peregrinos y forasteros” no sólo como modo de ir en misión, sino también como condición de vida viviendo en un lugar. La itinerancia, este vivir como peregrinos y forasteros, es lo que caracteriza nuestra vida de Hermanos Menores:

Y cual peregrinos y forasteros  en este siglo (cf. Gen 23,4; Sal 38, 13; 1Pe 2,11), que sirven al Señor en pobreza y humildad, vayan por limosna confiadamente. Y no tienen por qué avergonzarse, pues el Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo (cf. 2Cor 8,9).

Regla Bulada 4, 2-3

La itinerancia es un camino de expropiación, de éxodo, de salida de sí mismo para ir a encontrar a otros, a Otro. Vivir como “peregrinos y forasteros” implica no sólo dejar aquello que no es esencial en lo referente a lo material, sino llevar lo esencial, es decir, a Jesucristo. El corazón del evangelio de la misión está ahí: ni dinero, ni alforja, ni sandalias,… para llevar, eso sí, el Evangelio.

Francisco les recuerda a los hermanos que el Señor los ha constituido para vivir no solo para sí, sino para “ir” a los hombres y exhortarlos más con el ejemplo que con las palabras. Pues también nosotros, el día 24 de noviembre, comenzamos nuestra misión en un clima de retiro en el Palancar, dejando resonar los textos que os hemos señalado. Y a partir del día 25, con la bendición de fr. Manuel Tahoces, enviándonos en nombre del Señor, en la iglesia de Calzadilla, hemos hecho esta experiencia de "salir", del dejar el convento, la seguridad y ponernos a caminar por las calles de Calzadilla, ciertamente con pocas palabras, pasando en fraternidad, tocando a las puertas de las casas y parándonos con las personas cuando la ocasión lo sugería. Es en fraternidad (de dos en dos) como Jesús envió a los discípulos y como Francisco quería que los hermanos fueran.

 Esa misma mañana, tras situarnos en la casa parroquial que se nos dejó como "convento itinerante", tuvimos la misa de Santa Catalina mártir, patrona del pueblo que se disponía a cerrar sus fiestas patronales..., fue la ocasión de presentarnos a la comunidad parroquial.

Las mañanas las privilegiamos a los enfermos y a los ancianos, a los que pudimos encontrar en dos residencias pequeñas. Ya saben de nuestra presencia en el pueblo, la gente se alegra. En una de ellas tenemos un bello encuentro con una mujer sordo muda que la atienden sus sobrinas, tristes por tenerla que dejar en ese lugar. La mujer es muy cariñosa enseguida nos quiere besar. Una de sus sobrinas nos habla personalmente de su fe, de la importancia del perdón. "Hay que perdonar como Cristo nos ha perdonado, si no el mal se queda dentro...", nos dice. La alentamos en el momento de depresión que está atravesando, agradeciendo a Dios esa fuerza que le ha dado, esa vitalidad.

Otro encuentro significativo es cuando vamos a visitar a María, la madre de Carmen, que nos da magdalenas para el desayuno. Su madre, de 95 años, está muy bien, nos cuenta cosas de su vida, junto a su hija, mujer inquieta y trabajadora que nos confía que se alejó de la Iglesia porque pidió a Dios por la vida de su padre, y murió seguidamente y por el antitestimonio de sacerdotes en situaciones políticas, pero muestra mucho cariño por el Cristo de la Agonía, siente su contradicción y no para de decirlo, no se siente digna de volver a la Iglesia. Le decimos que deje una puerta abierta para lo que Dios pueda obrar en ella. Un hermano también le dice que perdió a su madre cuando tenía 18 meses, su madre también dice: "Si todo lo que pedimos a Dios nos lo concediera...". Nos despedimos muy contentas de nuestra visita. Esta mujer, Carmen, varias veces vino a los pequeños encuentros y a alguna oración... Dios sigue buscando a la oveja perdida a través de mediaciones muy sencillas...

En otro momento de  las mañanas nos paramos a hablar con unos gitanos que nos preguntan sobre nuestra vida mientras se disponían a recoger el puesto tras la mañana de mercadillo. Hablamos un poco... Cuando nos disponemos a darles la bendición de san Francisco, la mujer se muestra más reticente a recogerla, es evángelica, el marido la recoge, dice que hay que acoger todo lo bueno. Nos despedimos recibiendo su bendición. Pudimos encontrar otras cuantas personas que superaban los 100 años!

Otra de las mañanas la dedicamos a la escuela, una pequeña escuela de infantil y primaria, que suman un total de 18 alumnos. Cuando llegamos, la directora, Navalonga, ya sabe también de nuestra visita. Junto con las otras profesoras, Sandra y Esperanza, nos reunimos con todos los alumnos una amplia aula, en donde un hermano expuso sencillamente la vida de san Francisco, su conversión, exponiéndoles también quién es también un fraile, juntos le contamos cómo vivimos y dónde, ya que cada uno procedemos de fraternidades distintas en un ambiente sencillo y receptivo en donde los niños responden. Les comunicamos que nuestra vida es anunciar el evangelio con la paz y el bien... Seguidamente, las profesoras nos ofrecen un café y unas pastas, también podemos compartir algo de nuestra vida con ellas con mucha amabilidad y acogida.

Las tardes las dedicamos, en la medida de lo posible a las familias, especialmente a las más jóvenes. Los primeros días fuimos a casas del centro del pueblo en donde dimos muchas veces con personas mayores (estamos ante una realidad muy envejecida) con una fe grande, nos sorprendió cómo esas personas solas (y casi todas mujeres) custodian su fe diaria, su oración... nos solían decir y enseñar los libritos de oración y de la Palabra que usan cada día... nos damos cuenta cómo en medio del silencio, tantas personas mayores sostienen la fe, orando por tantas realidades, sin que nadie lo sepa. Una tarde, una mujer, Teresa, viendo que no nos abrían en una casa porque en ese momento no estaban rápidamente nos dice: ¡"Vengan a mi casa"! Teresa nos habla de su fe, sus oración, su difusión de Radio María, y de su hijo enfermo por un accidente del que no quedó bien con fases muy violentas que la llevan a no reconocerlo y a tenerse casi que esconder hasta que se le pasa, nos dice; pero ella da gracias a Dios por los progresos que ha hecho: "siempre hay que dar gracias a Dios -dice- con una sonrisa". Y así encontramos a estas personas de la parroquia varias tardes...

Es difícil saber, por otra parte, cuáles son las casas donde vive la gente más joven..., así que nos indican que en la parte más extrema del pueblo están varios adosados, siendo allí donde vive la mayoría. También encontramos algunas viviendas cerradas, las puertas que se abren desvelan algunos rostros distantes y un poco reticentes que se van relajando cuando decimos que somos franciscanos de El Palancar, que estamos unos días de misión y vamos saludando a unos y otros. Pero, en algunos casos, las personas que nos abren nos confían lo que están viviendo, la situación del pueblo, el trabajo, los dramas familiares, alguna de ellas nos dice que pasemos de nuevo si lo deseamos. Es cierto que puede parecer un tanto simple esta presencia pensando sobre todo en la gente más alejada porque en muchos casos, a nuestros ojos, parece que "da para poco" pero es muy importante; el hecho de hacernos presentes sin pretensiones, sin vender nada, y dar la paz y la bendición desde la gratuidad, la relación y la fraternidad en un mundo en el que todo se vende y es amenaza, esto cuenta. Lo que pueda ocurrir después y que no ven nuestros ojos, queda en el corazón de Dios y de las personas encontradas.

El envío en misión también nos lleva a los "de cerca", la gente de la parroquia. Recordamos, de modo particular a Cari y Lali, Vicenta y Miguel Ángel, Vicki, Carmen, Maxi, que nos han cuidado como padres y han sido nuestra familia más directa, para ellos vemos que ha sido una fiesta, ocasión de compartir la fe, la oración, la alegría de estar juntos. Qué bello que una misión así sea espacio para todo esto. Jesús, que ha venido a ser Dios-con-nosotros, a formar parte de nuestra familia, a ser nuestro hermanos, nos envía a crear espacios de fraternidad universal, que fue precisamente el sentido de fraternidad de nuestro hermano Francisco.

De la mano de estas personas hemos recibido el pan agradecido de cada día, que sobreabundó al final de los días. Muchas veces sonó el timbre de la casa parroquial para traernos unas cosas y otras: pan, magdalenas, leche, pescado, patatas... Y con todos ellos compartimos el pan de la eucaristía y la oración de cada día en la iglesia parroquial. También, D. Julián Carlos, párroco del pueblo, queseó tanto esta misión, nos acompañó en pequeños momentos, sobre todo en la oración y en algún desayuno, dado la infinidad de tareas

De este modo, podemos decir también que la jornada estuvo jalonada por la oración litúrgica y personal en esta iglesia. Ha sido una misión hecha también de presencia orante. Empezábamos con el oficio de lecturas con la adoración eucarística, seguido de un tiempo de oración personal, después teníamos la oración de la mañana. Al mediodía, la hora intermedia; y al final de la jornada las vísperas con la eucaristía, en la que, una de las tardes, se compartió entre todos el evangelio. En el fondo de todo, este permanecer en la oración no sólo responde  a la necesidad de “llenarse” del Señor para darlo, sino también el ser en sí misma testimonio del Absoluto.

A lo largo de nuestra presencia en Calzadilla hemos tenido, en tres tardes, tras la eucaristía o la oración vespertina, unos "encuentros testimoniales". Uno de ellos consistió en la exposición de la figura de San Pedro de Alcántara, sirviéndonos de un video, seguido de un diálogo, dado que San Pedro tiene mucha resonancia en estas tierras; fue la ocasión de darlo a conocer un poco más junto a la vida en El Palancar.

Otra tarde la dedicamos a la lectio divina del domingo 1º de adviento, un tiempo de oración con cantos textos de la liturgia del domingo, silencio, peticiones, compartir...

Y la última de las tardes, del día 29, algunos hermanos de la fraternidad de Cáceres de la Orden Franciscana Seglar expusieron bellamente el carisma franciscano y de modo particular en su dimensión laical, sirviéndose de una proyección. Acudieron bastantes más de los que esperábamos... Fue la ocasión para el diálogo y el encuentro.

Como nuestras jornadas en Calzadilla estaban llegando a su fin, tras este encuentro tuvimos una pequeña y bella vigilia de oración franciscana entorno a la Tau, en donde sentimos el gozo de reunirnos en nombre del Señor como familia y, al tiempo que algunos iban recogiendo algunas taus expuestas, se iba compartiendo el inicio de la propia vocación o la primera vez que uno recibió la tau; para otros fue la ocasión de tenerla por vez primera y de orar por tantas situaciones. Terminamos esta tarde juntos en la casa parroquial con una abundante y fraterna cena compartida.

Una misión  sencilla, hecha de encuentros poco estridentes, pero marcada por el sentimiento de una fuerte presencia del Señor. El Señor necesita de personas que "pasan" por la vida de los demás, con un corazón deseoso de llevar la presencia de Dios y de encontrar en los rostros también esa misma presencia de Dios. ¡En cuántas ocasiones nosotros hemos recibido el testimonio de las personas...!

Han sido días para interceder por este pueblo de Calzadilla a quien confiamos al Cristo de la Agonía; para sembrar la semilla del Evangelio; para cuidar aquella que ya va germinando, y llevar la alegría del reino que está cerca, dentro de nosotros...

¡Ven, Señor Jesús!

Fray José Juan López, OFM

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